—¿Qué hombre ilustrado cree hoy semejantes paparruchas? Todo eso lo han inventado los frailes para engañar y dominar al pueblo, embobándole con pantomimas ridículas y prácticas necias. ¡Los frailes! —añadió con cierta petulancia—. ¿Hay casta de cerdos más inmunda en todo el orbe? Yo digo que hasta que no ahorquen al último Papa con las tripas del último fraile, no habrá paz en el mundo. Ellos son los que promueven las guerras, los que hacen estúpidos a los reyes; ellos son los que han levantado a la nación española, no por religiosidad, sino porque saben que el deseo de Napoleón es quitarles sus inmensas y mal empleadas riquezas, para dárselas a los pobres.
—¡No, no —repetía don Fernando con vehemencia, contemplando atónito a Salvador—, no eres tú lo que yo creí; no eres tú quien yo creí, no, mil veces no, voto a...! Afrancesado, traidor a la patria, desleal con el rey, irreligioso, blasfemo, no te falta sino ser mal hijo para que eternamente estés separado de mí.
—¡Mal hijo! Si lo soy no es culpa mía —dijo el mancebo bebiendo el vino que había escanciado para el señor Garrote—. Mi madre es una excelente mujer; pero muy sencilla e inocente, y se ha dejado dominar por doña Perpetua y por los frailes de la Puebla. Empeñose en que abandonara mis banderas; negueme a ello, echome de su casa, yo salí, se desmayó... Las mujeres no atienden más que a su capricho; son vanas, frívolas, superficiales, mojigatas, y le aburren a uno con sus rezos... No hagamos caso de tales simplezas y bebamos, señor don Fernando. Otro traguito.
—Tu madre —dijo don Fernando— es, según tengo entendido, una santa y honrada mujer, de sanos principios.
—Pues sus principios no son los míos, ni lo serán nunca. Ella adora las atrocidades de los salvajes guerrilleros, y yo las aborrezco; ella se mira en Fernando VII, y yo lo tengo por un principillo corrompido y voluntarioso; ella detesta a los afrancesados, y yo les tengo por muy buenos patriotas, porque quieren regenerar a España con las ideas de Napoleón; ella no puede ver a los que han hecho la Constitución de Cádiz ni a los que se llaman liberales, y yo les admiro por creerles inclinados a echarse en nuestros brazos...
—¡Perdido, perdido para siempre! —exclamó don Fernando con inmensa angustia—. ¡Sin honor, sin principios, sin patriotismo, sin religión, sin lazo alguno con la sociedad, ni con España, ni con la familia, ni con Dios...! ¡Oh, qué aflicción, qué castigo, Dios mío!
—Puesto que usted no quiere probarlo —dijo el sargento, echando otro medio cuartillo—, me lo beberé yo. Luego dormiré seis horas, y así se olvidan ciertas cosas, cosas terribles, señor don Fernando, que atormentan noche y día.
—Dios te tocará en el corazón, infeliz joven —dijo Navarro—, y hará penetrar un rayo de su divina luz en tu oscuro entendimiento, y te reconciliarás con España, con Dios, con tu madre y... conmigo.
—¿Reconciliarme yo? —dijo el joven severamente dejando a un lado el vaso vacío—. Yo no me reconciliaré jamás; eché los dados. Me voy a Francia; consagraré mi vida a trabajar contra esta fementida patria que aborrezco.
—Justamente despreciado por los hombres y maldecido por Dios, tu vida será un infierno, y tu muerte horrorosa y desesperada como la mía. Mírame, en mí tienes un ejemplo de cómo castiga Dios en la última hora a los que han olvidado su doctrina. Sin ser blasfemo ni traidor, como tú, yo he sido muy pecador. He vivido largo tiempo con vida placentera y feliz; pero en esta postrera noche de mi vida, me considero el más desgraciado de los hombres, no seguramente por la muerte que me amenaza, y que merezco y deseo, pues los españoles debemos morir como caballeros y como cristianos. Uno de los más amargos motivos de pena para mí, es verte insensible a mis ruegos, degradado, envilecido; verte en el camino de tu total mengua y perdición, sin poder remediarlo; verte en ese estado de locura y embriaguez, aferrado a la maldad. Si respondieras, aunque solo fuese con eco muy débil, a mis sentimientos y a mis ideas; si no me parecieses, como me pareces, un verdadero monstruo, esta pasajera amistad que nos une podría ser un sentimiento más grande, Salvador, mucho más grande y hermoso para ti y para mí.