Monsalud le miró con sorpresa.

—He sentido vivísima inclinación hacia ti —continuó el anciano—. En esta soledad en que me encuentro, ausente de los míos, con un pie dentro del sepulcro y la eternidad llamando a mi alma, tú podrías ser consuelo inefable de este anciano moribundo, recibiendo, en cambio, de mí lo que jamás has tenido, ni esperas tener.

Monsalud se levantó, y con súbita cólera apostrofó al anciano en estos términos:

—Viejo astuto, ¿quieres engañarme con lisonjas y gatuperios para que te deje escapar? Yo no soy como los guerrilleros, que se venden por un pedazo de pan. Su señoría de la llave dorada no conoce con qué clase de personas está tratando. ¡Pues no es poco sabihondo el viejecito!...

—¡Miserable! —exclamó don Fernando, sin poder contener su cólera y levantándose también—. Veo que en ti no puede caber ningún sentimiento generoso. ¡Mereces la abyección en que vives! Márchate, quiero estar solo.

—¡Si será preciso ponerle algunas arrobas de hierro en los pies al don Quijote de la Puebla! —dijo Monsalud dando algunos pasos con escasa seguridad—. Parece que se tambalea el piso... Adiós, hasta después.

Don Fernando fue de aquí para allí con inmensa agitación. Su espanto se resolvió en una violenta y súbita cólera.

—¡No eres tú, tú no eres, no! —exclamó con atronadora voz—. ¡Me he equivocado! Dios se está burlando de mí... es un castigo; ¡pero qué castigo, Señor!

Sin comprender lo que oía, Salvador se detuvo ante el agitado anciano. La generosidad de su noble corazón, eclipsada por falsas ideas, y la turbación física en que se hallaba, inspirole algunas palabras consoladoras para el caballero; mas un hecho trivial le desvió de aquel buen camino, separando a uno y otro personaje más de lo que estaban. En la versatilidad de sus juicios, Salvador achacó las incoherentes palabras de Garrote a extenuación y debilidad mental, ocasionada por la falta de sustento y el pavor de la próxima muerte. Pensándolo así, echó en el vaso cuanto en la botella restaba, y con intención compasiva le dijo:

—¡Vaya, pelillos a la mar! Señor Garrote... Beba usted y le caerá bien... Luego llevaré otro gaudeamus al señor cura.