—Ya estáis alistado —le dijo el presidente—. Vuestra vida depende del cumplimiento de las obligaciones que habéis contraído, y vais a jurar. Acercaos y poned la mano sobre este escudo de nuestro jefe Padilla, y con todo el ardor patrio de que seáis capaz, pronunciad conmigo el juramento que debe quedar grabado en vuestro corazón.
Hecho lo que al neófito se le mandara, empezó este la retahíla del juramento, que abrazaba diversos puntos, y que concluía con la consabida conterilla que tanto ha hecho reír a la generación siguiente:
«Juro que si algún cab. com. faltase en todo o en parte a estos juramentos, le mataré luego que la Confederación le declare traidor; y si faltase yo, me declaro yo mismo traidor y merecedor de ser muerto con infamia por disposición de la Confederación de cab. com.; y para que ni memoria quede de mí después de muerto, se me queme, y las cenizas se arrojen a los vientos.»
—Cubríos —le dijo el presidente— con el escudo de nuestro jefe Padilla.
Tomó entonces el joven un mohoso broquel que le presentaron, y cubierto pecho y cara con tal defensa, pusieron en él los demás comuneros la punta de sus espadas, mientras el presidente dijo entre otras majaderías:
—Si no lo cumplís, todas estas espadas no solo os abandonarán, sino que os quitarán el escudo para que quedéis al descubierto, y os harán pedazos en justa venganza de tan horrendo crimen.
Poseídos algunos caballeros, como gente candorosa, del papel que estaban desempeñando, hincaban con excesiva fuerza la punta de sus asadores o espadas en el escudo o sartén que resguardaba la cara y busto del joven. El señor Regato, temeroso de que por desmedido celo de los caballeros se agujerease el escudo y perdiera un ojo su ahijado, creyó necesario interrumpir por un momento la majestad del ceremonial, diciendo:
—Cuidado, señores, que es de hojalata.[3]
[3] Todavía vive un comunero que corrió igual peligro.
La farándula no había terminado aún, porque tras la ceremonia del escudo, el Alcaide calzó la espuela al caballero, dándole espada y banda, con lo cual, y con acompañarle a recorrer las filas para que fuera dando la mano uno por uno a todos los confederados, el novel comunero descansó a la postre de tantas fatigas.