—Nos veremos pronto, y hablaremos... quizás mañana... Pero el tiempo pasa y hay que contestar a estas endiabladas preguntas.

—Escriba usted... Me parece que vienen ya.

Salvador escribió sus respuestas, que fueron llevadas a la Plaza de armas para que las examinara la guarnición. No tardaron el Alcaide y el proponente en conducirle, vendado otra vez, a la puerta del salón de sesiones, que estaba cerrada. Por dentro una voz gritó:

—¿Quién es?

«Esta voz áspera y hueca, como una campana rajada —dijo Monsalud para sí—, es la de Romero Alpuente.»

Entre tanto el Alcaide respondía:

—Soy el Alcaide de este castillo, que acompaño a un ciudadano que se ha presentado a las avanzadas pidiendo parlamento.

—Por Dios, amigo Monsalud —indicó en voz baja Regato—, no se ría usted, le suplico encarecidamente que sofoque toda manifestación de burlas. Usted no quiere creerme, y yo repito que esto es serio, pero muy serio.

Abrieron la puerta de la Plaza de armas, que más parecía bodega que plaza, con diversas series de asientos ocupados por los caballeros, y un estradillo donde estaba el presidente, teniendo detrás fementido torreón de lienzo embadurnado, y un harapo que llamaban estandarte de Padilla, y una urna donde se debían colocar todas las cenizas de los comuneros que se pudieran haber.

El presidente le preguntó su nombre, edad, pueblo natal, empleo, profesión; luego le habló de las obligaciones que contraía, y del valor y constancia que había de mostrar para desempeñarlas. Levantáronse en seguida los caballeros, y Monsalud vio que todos ellos tenían una banda morada en el pecho, y una como espada o asador en la mano.