—No hay prisa. Dime, Pujitos, ¿vienes aquí todas las noches?

—Todas, desde el primer día. Soy caballero fundador, y el día lo paso en las cosas de la Milicia. Soy teniente, ¡uf, usted no sabe el trabajo que da esto! A la parada, a pasar lista, a revisar los uniformes, a hacer ejercicio de tiro, a aprender los reglamentos, a echar unas copas con los oficiales para discutir lo que ha de hacerse el día siguiente... y luego guardias y más guardias.

—¿Haces guardias de noche?

—Pues no. Anoche me tocó en el Principal, y mañana me toca en la cárcel de la Corona.

—¡En la cárcel de la Corona... mañana! —dijo Monsalud con interés—. Ya sé... es donde están presos esos cleriguchos que han hecho planes horribles para quitar la libertad.

—Y algunos que no son clérigos. Pero esos tunantes morirán, o no hay justicia en España. Dicen que el gobierno quiere condenarles a presidio nada más: esto se llama protección, ¿no es verdad?

—¿Y me has dicho que eres teniente?

—Nada menos; y si no fuera por las intrigas que hay en el batallón...

—Yo también seré miliciano y me afiliaré en tu batallón, gran Pujos —dijo Monsalud riendo—. Se me figura que entre tú y yo hemos de hacer algo extraordinario.

—Me alegraría de ello.