—¿También tenemos por aquí al señor Monsalud?

Monsalud miraba a su interlocutor y no veía más que una máscara horrible, una figura espantosa con casco empenachado de gallináceas plumas, y un babero a guisa de celada de encaje.

—¡Qué!, ¿no me conoce usted? Soy Pujitos —dijo el centinela quitándose la máscara.

—Cómo te había de conocer, vecino, si parecías un valiente. ¿También tú te diviertes con estas mojigangas?

—Vaya un modo de prepararse... ¡Llamar mojigangas a una cosa tan seria, que va a derribar el ministerio y a poner un gobierno republicano! Señor don Salvador, ¿usted viene aquí a burlarse? Le aviso que los que se han burlado de esto no lo han hecho dos veces. Conque escriba el papelito y me volveré a poner la careta. Acabe usted pronto, que me sofoco y este demonche de cartón huele muy mal.

—¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejor que descanses en tu casa toda la noche después de haber trabajado todo el día?

—¡Quia! Si ya no hago más zapatos —dijo el gran patriota con expresión de hombre perspicuo—. El señor Regato me ha prometido darme un destino en la Contaduría de Propios. Don Patricio me enseña a echar la firma, que es lo que necesito, y salga el sol por Antequera.

—Ya sabía que eres de los que vocean en los motines, patean en La Cruz de Malta, y apedrean el coche del rey. ¿A cómo pagan esto?

Pujitos se puso serio al oír tamaña injuria.

—Vamos —dijo—. Está visto que usted viene aquí a mofarse. Pero siempre seremos amigos, o mejor dicho, compañeros de armas. Escriba el papelito y despache pronto. Me pongo la careta porque el Alcaide va a venir.