»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina; volvedlos luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge Bessieres y veréis que estos campeones de la libertad tampoco están mano sobre mano. ¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad? No, señores. Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo, el más humilde de esta asamblea; yo, que he venido aquí porque me repugnaban los infames manejos de los de allá; yo, que estoy pronto a derramar hasta la última gota de mi sangre, hasta la última, señores, por el triunfo de la causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité; yo, que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo con el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la idea republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano X...»

Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa sobre quién había de usarla, don Patricio Sarmiento se levantó y habló de este modo:

—Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios comuneros, don José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud? Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta noche mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que no sabéis. Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres, talabarteros, comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices, gente toda muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está versada en la historia romana. (Rumores de disgusto.) No trato de ofender a nadie: afirmo un hecho y nada más, y como yo creo que para tratar ciertos asuntos, es necesario haberse quemado las cejas... (Interrupciones donosas), haberse quemado las cejas, como me las he quemado yo, de aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos no hacen mella en mi ruda entereza, no señor; (El orador se amostaza) y así digo como el gran Temístocles: «pega, pero escucha.» ¿De qué se trata? De adoptar la idea republicana. Bien, yo pregunto a la docta asamblea: ¿Cuándo se estableció la República en Roma? Y la docta asamblea me contestará que el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado. ¿Y cuándo concluyó la República de Roma? El año 29. Total de tiempo en que existió la forma republicana: 480 años. Está muy bien. (Más fuertes rumores.) Ahora pregunto: ¿cuáles fueron las causas que determinaron a los romanos a cambiar de forma de gobierno?

Los rumores se trocaban en tumulto y una voz gritó:

—¡Que se calle ese pedante!

—¡Que se vaya a la escuela!

—Al indocto grosero que de este modo me interrumpe —gritó don Patricio agitando los brazos y poniéndose muy encendido—, le contestaré que él es quien debe ir a la escuela a aprender lo que ignora.

—¡Aquí no se quieren estafermos! —aulló una voz, de la cual no se tendrá idea sino considerando de qué modo puede hablar el aguardiente.

—Señores —dijo el presidente con aquel formulismo parlamentario que algunos hombres quieren llevar a donde quiera que se oiga el sonsonete de un discurso—, no demos a España y a Europa el triste espectáculo de una discordia entre individuos de esta nobilísima asamblea. No se diga que andamos a la greña como los masones, a quienes yo aplico aquello de riñen los pastores y se descubren los hurtos. (Prolongadas risas.)

—¡Que se calle don Patricio!