—¡Que se calle Pelumbres!

—Pues a mí no me da la gana de callarme... ¡a ver! —exclamó una voz que salía del formidable pecho de un hombre tiznado, fiero, corpulento, que parecía personificación de una fragua—. Y si a mi no me da la gana de callarme, a ver quién es el guapo que me cierra el pico... ¡A ver!

Diciendo esto, se levantaba el señor Pelumbres entre la multitud apiñada en los bancos. Su figura, así como su voz, pondrían miedo en toda asamblea que no fuera la de los Comuneros.

—Ciudadano Pelumbres —dijo el presidente—, ¿qué dirá la Europa si no guardamos la compostura propia de hombres de gobierno?... ¿Qué dirá?

—Eso es, ¿qué dirá? —repitieron don Patricio y los que deseaban que hablase.

—Es preciso tener moderación —continuó el presidente—. Puesto que el ciudadano Sarmiento estaba en el uso de la palabra, continúe su erudito discurso, que tiempo tiene de hablar el ciudadano Pelumbres. Yo le concederé la palabra, esperando en tanto de su finura y buen sentido que no interrumpa al orador en este importantísimo debate.

Ya entonces empezaba a ser costumbre el llamar importantísimo debate a cualquier inútil disputa suscitada por la envidia o la vanidad.

—Señor presidente —gruñó Pelumbres, tambaleándose como un yunque sin equilibrio—, lo que digo es que el ciudadano Sarmiento es un animal... y a mí no me soba nadie.

Cayó en el asiento como quien se echa a dormir.

—Señor presidente —dijo con trémula voz Sarmiento—. La asamblea conoce bien mi carácter y mis servicios... no necesito responder a los cargos que me ha dirigido el ciudadano Pelumbres, porque la asamblea sabe muy bien que yo...