¡Mirad qué gobernación!

¡Ser gobernados los buenos

por los que tales no son!

»No, señores, es preciso que no se pueda decir de nosotros lo que de estos mandarines chinos. No seguirá el tole-tole de oprimir al patriota y ensalzar al que no lo es. Se encomendarán los destinos de la nación a los comprometidos por el sistema, no a los que no lo están. Se harán castigos ejemplares, se volverá todo del revés para que los pillos bajen y los patriotas suban. (Muy bien.) No se dará el caso de que de los veinte millones de españoles, suden y trabajen los dieciocho, y apenas puedan llevar a la boca un pedazo de pan moreno, para que los otros dos millones se abaniquen y vivan rodeados de placeres. Entonces se permitirá que eso que llaman los infames populacho, se reúna donde le dé la gana, y grite y diga todos los defectos del ministerio. La suspirada libertad será un hecho y no llevarán albarda más que los que quieran llevarla.[6] (Grandes aplausos.)

[6] Casi todos los párrafos de este discurso son auténticos.

»En suma, señores, el partido declara por mi conducto que no quiere ser vasayo; que planteará el sistema en toda su pureza. Si para esto es preciso la violencia, venga la violencia. Si es preciso la guerra civil, venga la guerra. La Providencia salvará al partido. No olvidéis, señores, que el Criador del Universo bendijo también los esfuerzos que hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa dominación del impío Antioco Epifáneo. Entre tanto desechemos la idea de República. La Constitución establece la monarquía y nosotros respetamos al rey constitucional. No se diga que el partido ha sido el primero en alterar la augusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; y si nos hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos, ¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en sus diplomáticos, enviados, farsantes, zascandiles, espías y soplones, en los que fueron pajes de escoba del rey Pepillo, en los serviles españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios, en los de mitra, bonete e hisopo, en los seráficos, angélicos, en los tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes y agarrantes, en los que dicen el rey mi amo... entonces nos retiraremos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen en mi tierra, cuanto más se desvía el borrego, mayor topetazo pega

Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado de tener herederos en la política española.

Una voz que parecía cien voces, gritó:

—¡Viva Riego!

Contestó un alarido, y desde entonces el importantísimo debate se convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente se fue, y en su lugar el señor Regato se dispuso a presidir (no hay otro verbo que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que es forzoso llamar sesión.