Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa Alianza en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida con satisfactorio y general asentimiento por la asamblea, y procediose al nombramiento de una comisión que se encargase de rociar con peladillas los cristales de las casas donde vivían los embajadores de Austria y Rusia. No se había calmado la efervescencia causada por este suceso cuando un joven de buen porte, tan correcto de traje como de estilo y hasta afeminado, pronunció un discurso de energúmeno sobre el plan de Vinuesa y el escarmiento que debía hacerse en la persona de aquel malvado aborto del infierno, compendio de todos los crímenes.
Aseguró también que Vinuesa estaba conspirando dentro de la cárcel, y que si no se ponía remedio en ello, imaginaría un nuevo plan absolutista para matar la libertad. Acusó al infante don Carlos de complicidad con el cura de Tamajón, y afirmó que todo porrazo dado a Vinuesa sería porrazo dado a la corte. Aumentando en fogosidad a cada instante, llegó a sostener que el gobierno se estaba portando traidoramente en este negocio, y que a él (al orador) le constaba que había intenciones de absolver al de Tamajón y aun darle una mitra, si era menester. Aseguró que el pueblo no debía consentir tal iniquidad, porque si la consentía no era digno de la fama que había adquirido en Portugal, Nápoles y el Piamonte, países que nos habían tomado por modelo, estableciendo la libertad al mágico grito de «¡Vivan los discípulos de España!»
Al discurso del joven, contestó otro mozalbete de muy distinta figura, educación y modales (pues en aquella asamblea había locos de todas clases), diciendo que la culpa de todo la tenían los masones, que dando a la nación el nombre de populacho y haciendo el bu con la anarquía, estaban poniendo las cosas como en los tiempos ominosos. Hizo reír al auditorio, afirmando que bien pronto se prohibiría con pena de pecado mortal pronunciar el nombre de Riego; pero que él (el orador) estaba resuelto a exhalar el último suspiro diciendo ¡Viva Riego!, en atención a que Riego había enjugado el llanto del pueblo español. Esta figura, tan original como patética, produjo gran entusiasmo, con el cual, excitándose el espíritu del orador, dijo que él sabía el modo de resolver el asunto de Vinuesa; que el pueblo, como soberano que era, podía hacer su real gana, porque el gobierno recibía dinero de la Santa Alianza para ir arreglando la cama al despotismo, y esto no se debía consentir.
Mezclando berzas con capachos, aseguró que él había entrado en la prisión de Vinuesa y le había visto escribiendo planes y más planes; que corría mucho dinero absolutista para sacarle de la prisión y ponerle al frente de un gobierno despótico, y que el orador y Pelumbres, al salir una mañana de la taberna, habían oído una conversación sospechosa entre dos clérigos, de la cual dedujeron que Vinuesa se comunicaba constantemente con sus cómplices. Concluyó diciendo que él (el orador) no se pararía en barras, y que si los conspiradores vieran media docena de cabezas clavadas en otras tantas pértigas junto a la Mariblanca de la Puerta del Sol, doblarían la cerviz (única palabra pedantesca que se permitió el orador en su largo discurso) ante el pueblo re-soberano.
Después de este joven plebeyo, otro joven decente habló de los que clavaban constantemente el puñal en las entrañas de la madre patria, y anunció su resolución de ocupar el primer puesto el día del peligro, sacrificando su existencia al triunfo de la libertad. Puso cual no digan dueñas a los masones, acusándoles de afrancesados e impostores, pues muchos, dijo, profanaban el nombre de Riego, tomándole en sus asquerosas bocas, siendo así que para pronunciar palabra tan angélica, debían enjuagarse un mes antes con miel rosada. Afirmó que Calatrava era un bajo adulador, Feliú un traidorzuelo, Martínez de la Rosa un mandria, Cano Manuel un bobo, Toreno un pedante, Argüelles un embustero. Después de mucho divagar, propuso a la asamblea que se diese un voto de gracias a don José Manuel Regato por lo bien que había conducido los diversos asuntos de la Comunería desde su origen. Regato estuvo a punto de llorar de emoción, y para demostrar de un modo incompleto su agradecimiento, convidó a cenar a varios de los más granaditos. La sesión terminó alegremente entre las alegres endechas del himno, que sonaban bajo las bóvedas de la fortaleza:
Es en vano calumnie la envidia
al caudillo que adora el ibero;
hasta el borde del hondo sepulcro
nuestro grito será: ¡viva Riego!
El lector no será español si no recuerda al punto la música.