—Dos o tres veces. Como no me ha encontrado en ninguna parte presumo que volverá. Si vuelve, señor Campos, ofrezco remitírsela a usted sin pérdida de tiempo.
—Es que debes hacerlo —dijo Cicerón con energía—. Es que si no lo haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito, no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo con ella, que la escondes en alguna parte, y...
El plácido semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que determinaba la ira.
—Mi determinación es irrevocable —contestó el joven—. Supongo..., casi estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje subir.
—¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que debe esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no cederá por buenas.
—Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios que quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará en ninguna parte.
—Te comprendo —dijo Campos con viveza y señales de contento—. Tomaré mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo. Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que, si la oveja viene a este aprisco, no se nos escape.
Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró. Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la inquietud y la movilidad exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía de una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que ninguna de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a don Patricio para darle órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor dispuesta, y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban arreglando las habitaciones.
Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él. Llevaba un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del sutil polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una falda bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban a los días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un modelo de elegancia.
—Hermana, estás que no se te puede mirar —dijo Salvador observándola con cierta pena—. Es preciso que te pongas guapa.