—¿Yo?... ¿Cuándo? —repuso la joven con la mayor turbación—. ¿Y a qué vienen ahora esas guapezas?
—Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá para entre los dos, siempre estás bien; pero...
—¿Vamos a algún baile? —preguntó Sola con malicia.
—No vamos a ningún baile —dijo Salvador con la torpeza que acompaña a las ideas de difícil explicación—; pero quisiera verte hoy como realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y reconocieran en ti...
—Bien te burlas de mí —dijo Solita llena de rubor—. Yo siempre estaré mal.
—¡Oh!, te equivocas —manifestó Salvador con un tono que antes era de benevolencia que de convicción—. Vamos, ¿también querrás sostener que no eres guapa? Más de cuatro quisieran...
—No sé por qué me dices esas tonterías.
—Mira, hermana, te agradeceré mucho que te pongas tu mejor vestido, que te arregles bien; pero muy bien.
—Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni al teatro.
—Si no pretendo llevarte a ninguna parte —dijo Salvador con impaciencia—. En fin, ¿te compones o no?