—Me compondré.

—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho. Yo quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me entiendes?

—Como si hablaras en griego.

—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?

—Si dijera que no, sería una melindrosa —respondió Soledad fingiendo que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le conociera la emoción—. Pero como no eres mi novio ni lo serás...

—¿Te vistes, sí o no?

—Al momento, hombre, al momento.

Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y ataviada con lo mejor que tenía.

—¡Oh, qué bien! —dijo Monsalud con sincera admiración—. Hermosa prenda se va a llevar ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te lo digo sinceramente.

El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo de modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente. Salvador no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una mujer. En las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en su descolorido semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos, donde jugueteaba el alma, escondiéndose en la penumbra del pudor, o mostrándose en la claridad del cariño, había lo bastante para turbar la paz de cualquiera.