—Siéntate a mi lado —le dijo Salvador—; parece que estás asustada.
—¿Yo?... no.
—Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por qué están tan frías y temblorosas?
—Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran helado.
—Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa. Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.
—Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas; si estás como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.
—Pero tú tendrás a tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he perdido.
Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos enormes.
—Me parece que siento ruido —dijo Solita vivamente—. Bueno será prevenir a Rosa, para que si llega esa mujer que ayer estuvo tres veces y que tanto te molesta, no la deje entrar.
—No; ya he advertido a Rosa que la deje pasar —dijo Salvador con turbación—. Quizás no venga más.