El ruido cesó; la casa continuaba en silencio.

—Me alegro de que mi madre haya salido hoy —indicó Salvador.

—Me parece que está ahí —repuso Solita poniendo atención—. Siento pasos en la escalera.

—No, no es mi madre —indicó Monsalud con ansiedad vivísima.

—Los pasos son precipitados... Se oye una voz de mujer... ¿Voy a ver?

—No; estate aquí, y no te muevas de mi lado.

Callaron los dos. Solita miró a su hermano como asombrada. Salvador clavaba sus ojos en la puerta, donde no había nada todavía; pero de antemano su alma, llena de ansiedad, observaba lo que había de venir.

Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza palidez; sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado cabello, así como el vestido en desorden, indicaban largas horas de insomnio, de lucha y de amargura.

Su primer movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que buscaba y que había encontrado. Viose en su semblante la contracción que acompaña a un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres pasos, y viendo que no estaba solo se detuvo. ¡Qué choque de ideas en aquella cabeza! El impulso, el tierno avance expansivo habían encontrado un obstáculo, un muro frío, y contra este la exaltada mujer se estrellaba palpitando y llena de congoja. Sus ojos atónitos, enrojecidos por el llanto, preguntaban sin pestañear: «¿Qué chiquilla es esta?»

Salvador se levantó. Estaba lívido.