—Tengo que hablarte —balbució Andrea, viendo que daba un paso hacia ella.

Después dirigió a Soledad miradas recelosas e impacientes, como diciendo: «¿Qué hace aquí esta mujer extraña? Que se vaya.»

—Es un error —dijo Salvador—. Usted no tiene nada que decirme, y se ha equivocado sin duda. Yo no sé quién es usted.

—¿No sabes quién soy?... Yo te lo diré —exclamó Andrea, cruzando las manos—. ¡Que se marche esa mujer!

Con imperioso gesto señaló la puerta.

Soledad, tan aterrada como curiosa, pero sumisa siempre, se levantó. Salvador le dijo severamente:

—Quédate.

—¡Conque, es decir...! —gritó Andrea con espantosa alteración de voz y de semblante.

—Que usted es quien no está en su sitio aquí y debe retirarse —respondió Monsalud—. Sin duda ha padecido una equivocación.

—¡Perverso!... ¿dices eso de veras?