Andrea, al pronunciar estas palabras, que salían de su pecho como bramidos, adelantó con los brazos abiertos hacia su amante. Los brazos tropezaron con dos manos de acero que los retorcieron, rechazando el hermoso cuerpo a que pertenecían.

—¡Oh, qué vil soy!... —gritó la indiana cayendo al suelo de rodillas—. ¡Rebajarme así!...

—¡Rebajarse así una marquesa!... —murmuró Salvador con sorda voz—. Señora, sentiré mucho que se ponga usted mala. ¿Quiere usted que mande traer un coche para llevarla a su casa?

Andrea se levantó de un salto. La mirada que arrojó a su amante, como una saeta furibunda, turbó tanto a Monsalud que este en breve rato no supo qué decir.

—Yo creí que eras un caballero —dijo la americana.

Se le conocía que estaba haciendo esfuerzos terribles para conservar una actitud digna. Los impulsos naturales la incitaban a gritar, a arrancarse el cabello, a coger entre las manos al hombre, como se coge un abanico, un juguete cualquiera, y destrozarle haciéndole pedazos pequeñitos.

Monsalud se dirigió hacia la puerta. Sus ojos y su gesto decían: «Váyase usted.»

—¡Pero si tú me oyeras...! —murmuró Andrea, pasando súbitamente de la ira a una aflicción profunda.

—No, no puedo oír a quien no conozco —repuso el hombre volviendo el rostro.

—¿No me conoce usted? —gritó Andrea con voz semejante a un rugido.