Diríase que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer crecía. Sus brazos tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus labios descoloridos, que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.

—¿No me conoce usted? —repitió.

—No —repuso Monsalud.

—¿No me conoció usted?

—Tal vez, pero... ya no me acuerdo.

—Pues me conocerá usted —dijo Andrea con sofocada voz.

Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco movimiento se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita. Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las personas.

Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:

—¿Y tú quién eres?

Solita quedose muerta de espanto. Su propia turbación le impidió correr hacia su hermano y abrazarse a él buscando un refugio.