eran seras de carbón.

Lairón, lairón.

Estas eran las estrofas comunes; pues las picarescas o indecentes en que se atribuían al cura de Tamajón las mayores atrocidades y desvergüenzas, no pueden copiarse. El populacho veía en Vinuesa un galanteador de muchachas, corruptor de doncellas, tercero, mancebista y cuanto abominable y ruin puede imaginarse. Nada de esto es verdad. Su único delito había sido el plan que conocemos; pero si hubiera faltado a las leyes morales con perversidad o indecencia, habría purgado sus culpas con el infierno expiatorio que tenía en la prisión. Era este un lúgubre ventanillo cuadrado y pequeño, con una cruz de hierro en el vano. Por allí entraba la voz del terrible populacho cantando infames coplas, amenazando e insultando sin cesar al pobre reo. Vinuesa aborrecía el nefando agujero por donde le entraban la luz y la ira de la nación vengativa; y por verle tapado, aunque le dejase a oscuras, diera lo restante de su vida y la esperanza de libertad. Si lograba conciliar el sueño, no dejaba de ver aquel boquete horrible, que en su mente febril se representaba como el ojo y la boca de la inmunda canalla, que sin cesar le vigilaba y le escupía.

Gil de la Cuadra estaba encerrado en un calabozo de otra crujía, y no gozaba de la preeminencia de vistas a la calle. En su encierro había bastante claridad, y tenía mejores muebles que Vinuesa, entre ellos una cama en alto. También su puerta se ornaba con inscripciones; pero en el interior no las había. Mortificábanle principalmente los gritos, cantos y disputas de los milicianos nacionales, que tenían su cuerpo de guardia en el zaguán, y que alborotaban en el patio mucho más de lo conveniente.

Bastante después del encierro sintiose atacado de dolores en las articulaciones de las piernas, y no dudó que su reumatismo constitucional le iba a hacer una nueva visita. Guardó cama, resignándose al suplicio de sus dolores con paciencia cristiana, y tuvo varias alternativas de alivio o recrudescencia. A falta de auxilios médicos, disfrutó de los cuidados de un calabocero algo piadoso, que por haber padecido del mismo mal, no solo poseía recetas y cierta ciencia práctica, sino también una compasión hacia todos los reumáticos.

De esta manera transcurrieron muchos días. Lo que más hondamente perturbaba la naturaleza moral y física del exoidor, era la incomunicación, y con esta la negra tristeza en que vivía, si aquello era vivir. Solo, febril, contemplando perpetuamente su situación, midiendo sin cesar la considerable distancia que le separaba de su hija, pasaba las largas horas del encierro, y veía la lenta serie de noches y días, marchando como las ruedas de una máquina de tormento. A ratos oraba, a ratos derramaba amargo llanto; por breves momentos recibía consuelo de su propia imaginación, representándose la libertad y la paz de su casa; pero estas bellas sombras pasaban pronto, y el calabozo le ponía delante sus cuatro paredes inalterables. Conocido el estado de su ánimo, lleno de amargura, se comprenderá cuáles serían su asombro y emoción al ver que un día se abrió la puerta del calabozo, que entró un hombre, y que en aquel hombre reconoció, después de congojosas dudas, la persona auténtica de Salvador Monsalud.

Este corrió a abrazarle; Gil de la Cuadra se desmayó de alegría.

—¡Mi hija, mi hija!... —murmuró cuando recobraba el uso de la palabra—. ¿Ha muerto? ¿Vive?

—Ánimo, señor Gil —gritó Monsalud—. Pronto verá usted a su hija, que está buena como nunca, y muy contenta al saber que pronto estará usted libre.

—¡Yo libre! —exclamó el anciano abrazando a su amigo.