—Todavía no; pero pronto será.

—¿Y Anatolio?

—No ha venido aún.

Siguió haciendo preguntas, menudeándolas con tanta prisa, que casi no daba tiempo a la contestación, y al fin se ocupó de su causa, que había dejado para lo último. Monsalud en breves términos le explicó, si no todo, gran parte de lo que había hecho, así como las circunstancias de su presencia en la cárcel y el destino que desempeñaba.

—Tengo la seguridad —dijo— de que conseguiré un objeto en el cual he empleado tanta actividad, tanta fuerza, tanta paciencia. La santidad de la obra emprendida, que es el cumplimiento de una de las primeras leyes cristianas, me hace creer que esta vez, como otras, mi trabajo no será estéril. He sufrido contrariedades, amigo mío, contrariedades graves; pero al mismo tiempo he llegado a conocer uno de los mayores goces que puede sentir el hombre y que hasta ahora...

—No había usted conocido.

—Al menos en tan alto grado.

—El goce incomparable de hacer bien a un semejante —dijo Cuadra con voz balbuciente por la emoción.

—Ese, sí, y el de poder dar forma al agradecimiento expresándolo en hechos.

—¡Oh, sí! También eso es un goce inaudito.