—Y tranquilizar la conciencia...
—Es verdad.
—Porque el recuerdo de las grandes faltas —añadió Monsalud— no se atenúa sino con la práctica constante de buenas acciones.
—También, también.
—Todo me anuncia que esta vez mi afán no tendrá, como otras veces, un éxito desdichado. El corazón mío, que es la desconfianza misma, me está diciendo ahora: «Triunfamos, triunfamos de seguro.» Será usted libre, amigo mío, y lo será pronto. Solo le recomiendo a usted un poco de paciencia. Consuélese usted con saber que me tiene muy cerca, y que estoy discurriendo los medios de rematar nuestra obra.
Gil de la Cuadra, arrojándose en brazos de su protector, lloró como un niño.
XXII
Mientras esto ocurría, todo Madrid se alarmaba con una estupenda novedad. Por todos los barrios, por todos los clubs, por todos los círculos corría una noticia que muchos suponían increíble, por lo disparatada, y otros aceptaban con resignación como una nueva prueba de los desaciertos y traiciones del ministerio. El fiscal de la causa formada contra Vinuesa no pedía para este más que diez años de presidio. El irritado pueblo, a quien habían hecho creer que la muerte del arcediano no era bastante castigo para las culpas de este, vio en los diez años de presidio una pena tan suave, que más que pena le parecía recompensa. De los demás conspiradores absolutistas nada se decía aún; mas era probable que recibirían en pago de sus infamias algunos años de encierro, es decir, confites.
No es preciso indicar que en todo Madrid, y principalmente en los barrios bajos, era un evangelio la opinión de que había corrido mucho dinero para absolver a los malhechores; los más listos decían:
—¿Pues qué? El rey no podía dejar perecer a sus amigos.