En esto se equivocaban, porque Fernando se distinguía de todos los malvados por un funesto sistema de abandonar cobardemente a cuantos le habían servido, y aun gozarse de un modo incalificable en la desgracia de ellos, como lo prueban, entre otros hechos, las célebres palabras que pronunció ante los guardias fugitivos y vencidos el 7 de julio. La verdadera causa de la lenidad relativa del fiscal, y más tarde del juez, fue que el ministerio y los masones habían llegado a comprender cuán bárbara y soez era la excitación vengativa del populacho, a pesar de haberla excitado ellos mismos en febrero y marzo, y quisieron rendir homenaje a la humanidad y la justicia, evitando un sacrificio inútil. Hemos llamado lenidad a la pena anunciada, porque con respecto al furioso ardor de la canalla lo parecía; pero en rigor de justicia era una atrocidad, que solo tiene disculpa en las infames transacciones a que obligan los yerros políticos.
En Comuneros la noticia fue chispa arrojada a la mina. La fortaleza reventó, y una explosión de salvajismo, de barbarie, de odio y necedad atronó la Plaza de armas. Los honrados y los inocentes, que no eran los menos bajo el estandarte de Padilla, hacían coro a los malvados, por la solidaridad que entre todos reinaba. Eran los primeros envueltos en el torbellino, y sin saberlo, estaban tan locos como los demás; mejor dicho, los honrados y los inocentes eran los verdaderos locos, porque los perversos conservaban bajo la borrachera de venganza su nefanda razón. Pero, en realidad, la noticia de la blandura del juez más les agradaba que les afligía. Servíales de pretexto para poner en ejercicio su ideal de barbaridades, desafueros, y de admirable tema para gritar contra los ministros, llenándoles de befa y escarnio. Acogieron, pues, el suceso con el frenesí del beodo a quien dan aguardiente, y se hartaron de furia, de exaltación política, poniéndose como demonios en la sesión que celebraron la noche de la noticia.
Romero Alpuente, a quien respetaban, no pudo presidir la sesión, porque le fue imposible sofocar el tumulto. Regato emitía con su habitual tono de importancia opiniones furibundas. Mejía sudaba gritando, y con el rostro encendido, gesticulaba sin poder conseguir que le oyeran. Pelumbres daba golpes en los bancos con un bastón semejante a la clava de Hércules. Don Patricio, renunciando a ser oído por toda la asamblea, pronunciaba, ora frases áticas, ora apóstrofes demostenianos en un pequeño grupo que se formó a su lado. En suma, la Plaza de armas, más que guarnición regular, parecía un ejército indisciplinado, un manicomio insurrecto, o un infierno en que fuese ley la libertad individual para hacer diabluras. Cada cual pedía una cosa distinta, y es incomprensible que no se rompieran las cabezas unos a otros, único medio y fórmula de conciliar todas las opiniones.
Era que comúnmente la asamblea en pleno no resolvía nada nunca, siendo más bien doctrinales, digámoslo así, sus sesiones, que ejecutivas. La alta dirección de la Comunería estaba, como la de los masones, en un pequeño consejo, en cuyo seno ha llegado la hora de que nos introduzcamos osadamente. Hemos presentado en otro libro la camarilla de Palacio.[8] Tócales ahora su vez a las camarillas populares, poderes igualmente misteriosos y perturbadores; y la dificultad de nuestro trabajo aumenta, porque las camarillas eran dos: la del populacho o de los patriotas, y la de los constitucionales o moderados. Procedamos con método.
[8] Véanse las Memorias de un cortesano de 1815.
Camarilla del populacho. — No tenía local fijo. Reuníase algunas veces en un departamento reservado del café de Lorencini; otras en el mismo local de la asamblea, o en casa de Regato. La reunión de ella que nosotros vamos a presenciar, no fue celebrada en ninguno de estos parajes, sino en una taberna de la calle de la Estrella. De los veinte diputados comuneros no asistió ninguno; de los periodistas, solo Mejía; de los que tenían cargos oficiales en la asamblea de Padilla, solo Regato; de los viejos, solo don Patricio Sarmiento; pero no faltaba ni uno siquiera de los amigos de Timoteo Pelumbres, ni tampoco la pandilla de milicianos nacionales, en la cual alzaba el gallo con altanera superioridad Pujitos. Sumaban entre todos once personas, y para poder discutir con más libertad, Regato mandó al tabernero que cerrase, luego que todos estuvieron dentro, y cuando el vino empezó a hacer su oficio para que las lenguas pudiesen desempeñar mejor el suyo.
—Queridos compañeros —dijo Regato—, estamos perdidos.
Esta frase hábil produjo la sensación apetecida.
—Perdidos, porque el gobierno nos va a meter el diente, y los hombres gordos de nuestro partido se esconden en su casa llenos de miedo.
—Romero Alpuente —dijo uno— tiembla como una gallina mojada.