—Desde que se ha dicho que el gobierno va a pegar, nuestros diputados ya están buscando vendas.

—Está visto que, para reclutar gente valerosa —dijo Regato, a quien agradaba mucho la veneración con que era oído—, no hay que contar con la gente de lengua y pluma. ¡Pobre pueblo, siempre sudando por gobernar, como manda la ley de Dios, y siempre engañado por tanto pillo! Está visto que mientras el pueblo no diga: «Pues quiero y esto ha de ser», y lo haga como lo dice, no tendremos libertad.

—Pero cuando el pueblo quiere portarse como quien es —manifestó Pelumbres—, vienen los futraques, llenos de jabón y pomada, y sacan los catecismos de la política para decirnos cosas lelas y de mil flores... con lo cual se acaba todo, y en buenas palabras resulta que somos unos zopencos y ellos unos Salomones. Nosotros trabajamos y ellos comen.

—Señores —repitió Regato dando un suspiro—, estamos perdidos. El gobierno, viendo que no servimos para nada (y no me vuelvo atrás...), que no servimos para nada, va a pegar, pero a pegar muy fuerte.

Breve silencio siguió a estas palabras.

—Los palos serán para el que los aguante; que yo...

—Los palos serán para todos —afirmó Regato en el tono de la mayor competencia—. Yo sé de buena tinta lo que trama el gobierno; lo sé todo, y pues venimos aquí para ver cómo nos defendemos, lo voy a decir.

—El gobierno va a cerrar los cafés.

—Y a reformar la Milicia nacional de modo que no entren sino los que él quiera.

—Y a corregir la Constitución.