—Pues estamos bien —dijo uno con impaciencia, golpeando el suelo con su bastón—. Protesto.
—Protesto yo también —bramó Pelumbres.
—Si la Sociedad de los Comuneros, que empezó con tan buen pie, no saca ahora la cabeza, ¿para qué sirve?
—Para nada, Sánchez, para nada —repuso un hombre que era tratante en cueros—. Dende que oí discursos y vi papeles y toma la palabra, daca la palabra, se me cayeron las alas del corazón... ¡Botijos!, yo no sirvo para esto.
—Es muy posible que el gobierno tenga la alevosa intención de indultar a Vinuesa y aun darle una mitra —apuntó con gravedad un individuo de aspecto decente, furibundo patriota cándido que tenía dos tiendas y un buen nombre que no hace al caso—. Yo creo cuanto ha dicho el amigo Regato, porque el gobierno es en la superficie liberal, y en el fondo, absolutista.
—Si Riego estuviera en Madrid, otro gallo nos cantara, amigos —indicó Regato—. Yo de mí sé decir que si tuviera dos docenas, dos docenas nada más de buenos patriotas, intentaría cualquiera sublimidad.
—Cualquier hazaña épica, digna de perpetuarse en mármoles —dijo don Patricio—. Señor Regato, manifieste usted con claridad su pensamiento. ¿Se trata de que Madrid se levante en masa, y arroje del gobierno a ese ministerio, y convoque otras Cortes, y le caliente las orejas al Rey neto?
—Eso es difícil hoy; pero no lo será dentro de seis meses, cuando estemos mejor organizados, y se multipliquen las Casas fuertes de los regimientos, y se reciba el dinero que nos han prometido de América. Contentémonos ahora con dar una prueba de nuestro mucho poder, de lo que somos y lo que valemos, para que tiemble el cobarde tirano, y nos tengan miedo los mandarines.
—Ved aquí, amigos míos —dijo Sarmiento—, cómo admirablemente concuerda con mi opinión la del señor Regato. Siempre he sostenido la necesidad de elevar la voz para que nos oigan, de alzarnos sobre las puntas de los pies para que nos vean, de presentarnos en todas partes para que nos toquen, mientras llega la hora sublime de los bofetones.
—Yo no entiendo de estas máquinas sutiles —manifestó, con la ingenuidad de la barbarie, el llamado Sánchez, que era miliciano y había sido primero cortador de carne y después empleado en cárceles—. Yo lo que sé es que si conviene dar porrazo, se dé porrazo. No hay más que dos políticas: dar y recibir.