—¡A la Fortaleza, a la Fortaleza!
—En la Fortaleza hay espías y traidores que todo se lo cuentan al gobierno.
—Si el gobierno lo sabe, mejor —vociferó Pelumbres—. ¿Qué apostamos a que voy a Palacio y se lo digo yo mesmo al rey?
Una carcajada general acogió estas palabras.
—Las cosas claras. Hacemos justicia. Yo lo digo a todo el que me quiera oír. ¡Muera Tamajón!
—¡Muera Tamajón! —repitieron todos menos Regato.
Este, con apagada voz y razones conciliatorias, quiso aplacar a sus amigos; pero estaban muy encariñados con la idea sugerida por el dos veces gato, para dejársela quitar. Hay que pensarlo mucho antes de arrojar la piltrafa a esta especie de carnívoros, porque una vez arrojada, el que pretenda quitársela se expone a recibir un mordisco o arañazo. Así lo comprendió el fundador de la Comunería. Cuando los individuos de su alto consejo salieron a la calle masticando el sangriento manjar que les había puesto en la boca, el cobarde Regato se asustó un poco; pero aún tenía seguridades de no ser sospechoso, y entre Pelumbres y don Bruno marchó resueltamente a la asamblea, que aún estaba abierta.
XXIII
Poco después de este suceso, las Plazas fuertes y Salas de armas encerraban un partido en ebullición. Pasada la media noche, la mayor parte de los comuneros sabían que estaba acordada para el día siguiente la muerte de Vinuesa. A la madrugada sabíanlo también los masones por su bien servido espionaje, y conmovido el Grande Oriente ante la audaz amenaza, deliberó con calor y afán tan importante asunto. Lo que allí se dijo verase a continuación.
Camarilla constitucional. — Reuníase casi siempre en el Grande Oriente, con asistencia de muchos hombres que se tenían por lumbreras de otros que realmente lo eran, y de muchos que si carecían de orgullo o de mérito, cobraban buenos sueldos en las oficinas nacionales. En la masonería había, según los datos más verosímiles, cincuenta y dos diputados. De los ministros, la mitad por lo menos cargaban el mandil. Pocos eran entonces los hombres notables por su talento oratorio o por su pluma, que no doblasen la cerviz ante el misterio eleusiaco, y muchos que después han figurado en los partidos reaccionarios adoraron la Acacia. Tal fue el atractivo del Orden masónico, que aun se dice trataron con él clérigos no apóstatas y un general de franciscos que después fue arzobispo.[9] Para que nada faltase, los del Arte-Real vieron en las logias a un infante, que recibió el nombre de Dracón, con la risible particularidad de que le llamaban Bracón. Un general muy célebre era designado Bruto II. Puede dudarse que el mismo Fernando VII recibiese salario masónico; pero no que los nombres más ilustres y respetables del presente siglo, los nombres de Argüelles, Calatrava, Quintana, San Miguel, Flores Estrada, Galiano y otros figuraron en las listas de Maestros, siendo probable que todos ellos fueran Sublimes perfectos.