El que esto dijo era un hombre de más de cuarenta años, moreno como el anterior, de facciones bastas y gruesos labios. Fuerte y algo pesado era su cuerpo; carecía de soltura, gracia y flexibilidad; pero en cambio parecía poseedor de una gran energía. ¡Lástima que esta energía, circunscrita al entendimiento y al astro poético, no transcendiese a la voluntad!
Completaban su persona cabeza admirable, abultada y lobulosa; ojos grandes y hermosos; una frente a la cual no faltaba sino el laurel para ser olímpica; expresión grave, y tono sentencioso en la voz. Allí dentro le llamaban Pelayo.
—Es verdad, es verdad —dijeron los demás—. A la cuestión.
—Los comuneros han decidido sacrificar a don Matías Vinuesa —manifestó Campos, que parecía secretario de la Junta.
—Causa horror el ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más horror aún que se anuncien —afirmó el que oímos al principio de la sesión.
—Yo no lo creo —dijo el poeta—. Los que se ocupan en propagar alarmas han escogido esta para el día de mañana. Reconozco que el pueblo está irritado...
—Con razón —manifestó Coriolano—. La sentencia del juez es capaz de sublevar al pueblo más generoso. ¿Por qué se vocifera tanto contra el populacho, cuando sus excesos no son más que el rechazo, digámoslo así, de las osadías de los absolutistas? No, no está el mal en la canalla, que es honrada y generosa; no morirá la libertad en manos del pueblo, sino en manos de los que quieren establecer una transacción imposible con el despotismo.
Coriolano, que se había expresado con energía, miró a los dos anilleros. Estos callaban, aunque uno de ellos era gran retórico.
—No disculpo ni disculparé a los exaltados que protestan contra la sentencia del juez —dijo Pelayo con calor—; pero téngase presente que ha tiempo quedan impunes los mayores atentados y crímenes de los absolutistas. Dicen que Vinuesa es tonto: yo no lo creo. Su plan indica maquiavelismo, y por lo menos las intenciones de este clérigo han sido perversas. Ganar y corromper la tropa, sublevar al pueblo, sorprender a los principales diputados y a las primeras autoridades, sacrificarlas inmediatamente a la seguridad y a la venganza del partido conspirador y alzar sobre la sangre de aquellas víctimas el pendón de la tiranía y de la intolerancia: estos son los proyectos contenidos en los atroces papeles de Vinuesa. Convicto y aun confeso el miserable preso, no debe librarse de la suerte rigurosa a que se exponen siempre los que traman semejantes atentados contra la existencia de un gobierno establecido. El juez que ha despachado esta causa ha dicho públicamente que cualquiera de los cargos que obraban contra el reo era capital, y que, por consecuencia, era imposible salvarle. ¿A qué este cambio tan repentino? ¿Por qué, con tales antecedentes, Vinuesa no ha sido condenado más que a diez años de presidio? Semejante condescendencia ha llamado justamente la atención pública. Hasta se asegura que la Audiencia, en vez de agravar la pena, la suavizará más. Dícese que han mediado presentes a los cuales la integridad del juez ha resistido con nobleza y con honor; pero que después han intervenido ciertos recados imperiosos de Palacio, a cuyas fulminantes amenazas no ha podido sustraerse el magistrado, haciéndole blandear desgraciadamente en su fallo.[10]
[10] Este párrafo no es del narrador: es de las Cartas a Lord Holland.