—Siempre han de achacarse todos los yerros a la incorregible mano oculta —dijo con desabrimiento el retórico.
—¡Siempre se han de achacar al populacho! —exclamó colérico el que respondía al nombre de Coriolano—. La plebe es causa de todo. La corte y el rey no hacen más que rezar. Con tan admirable sistema de crítica, resulta infaliblemente que la Constitución es detestable, y que debe convertirse en Carta.
—El populacho y la corte —afirmó el retórico— son igualmente culpables. Pero si se encomienda al primero el castigo de la última, esta vencerá.
—Eso es lo que no sabemos —repuso con inquietud y cierta excitación el economista—. Por de pronto tenemos que, según lo que acaba de decir nuestro discreto amigo, la irritación del pueblo contra Vinuesa y contra el juez Arias, está justificada.
—Braman de cólera los genios impacientes —sostuvo Pelayo— al contemplar semejante impunidad, y hasta los más templados prevén y lloran las tristes consecuencias que necesariamente ha de producir... Pero no puedo creer que un partido popular haya acordado fría y villanamente el sacrificio del reo. Tanta bajeza es inverosímil.
—Es cierta —dijo Campos, que hasta entonces, reconociendo su inferioridad, había permanecido mudo—. La asamblea comunera es un volcán que vomita sangre.
—¿Pero no queda duda de que han acordado eso?
—No queda duda. Lo sé por los espías que tengo allí.
—Si el gobierno se hace cómplice de iniquidad tan grande —dijo con honrada convicción el de los alborotados cabellos—, merece la execración del género humano.
Uno que hasta entonces no había pronunciado palabra, adelantó su cuerpo hacia la mesa, tirando de la silla, y habló de este modo: