—No puedo callar después de lo que he oído. Se quiere que el ministerio lo haga todo, y nadie le ayuda, nadie, señores, cuando tiene que defenderse contra la oposición de moderados y exaltados, y contra las conspiraciones de absolutistas y comuneros, que se dan la mano para trastornar al país. Pero el gobierno no merecerá la execración del género humano. ¿Acaso es él quien ha alentado las conspiraciones de los serviles? Si ha habido cohecho en el asunto de la causa de Vinuesa, la venalidad estaba consumada antes del 4 de marzo en que entramos nosotros. No podemos mudar jueces todos los días.
—No se trata de mudar jueces; se trata de impedir que una gavilla de asesinos deshonre la revolución.
—¡Patrañas! Señores, es preciso acostumbrarse a no ver asesinos en todas partes.
El que esto decía era un hombre casi anciano, masón, bastante listo y de mucha práctica en los negocios administrativos. ¿Por qué ocultar su nombre, que por sí se vela bastante con su propia oscuridad? Era don Mateo Valdemoro, ministro de la Gobernación. En la hora de la madrugada en que le vemos, quedábale solo un día de poltrona.
—Yo creo que hay por lo menos exageración —dijo Pelayo.
—Aunque sea exageración, deben tomarse precauciones —indicó Campos.
—Pero, señores, es ridículo que por una alarma necia, llenemos las calles de artillería —indicó el ministro, creyendo que expresaba una idea feliz—. Parecería una provocación, y lo que no es más que una alarma insignificante, podría trocarse en formidable motín. Nada me mortifica tanto como la idea, muy generalizada, de que el gobierno simpatiza con Vinuesa, con el Abuelo y con los demás absolutistas presos.
—¿Entonces el plan del gobierno es cruzarse de brazos y dejar hacer? —preguntó con severidad el literato.
—El gobierno castigará los desmanes.
—¿Qué desmanes?