—Los que se cometan; pero no hará alarde de despotismo, no provocará al pueblo.

—Porque le tiene miedo.

—No es miedo, sino prudencia. Nada más natural y lógico que la excitación que existe contra Vinuesa. Si acuchillamos al pueblo, porque no simpatiza con los absolutistas, pasaremos por servirles, y nuestro lema es Constitución.

—Yo sigo creyendo que no habrá nada —dijo Pelayo, el cual, en su gran talento, tenía la más patriarcal buena fe—. Repito que el pueblo es bueno.

—Si no le instigaran los tunantes...

—Es más —añadió el ministro—. Si acuchillamos al pueblo, daremos un gustazo a la corte, Vinuesa estará libre dentro de dos meses, y las cárceles llenas de liberales.

—Pues ahorquen ustedes a Vinuesa —dijo con la mayor viveza el retórico—. Esto sería lógico. Lo absurdo es absolverle y permitir las horribles venganzas del populacho.

—Siempre el populacho... es decir, el gato —indicó Coriolano.

—Si ahorcamos a Vinuesa, exacerbaremos a los serviles y a la corte —dijo el ministro en tono de perspicacia—. Prudencia por un lado y por otro, es lo que conviene. ¿No es el sistema de ustedes contemporizar con todos?

El de los erizados pelos, es decir, el retórico o el literato, a quien esta pregunta se dirigía, estuvo un momento sin saber qué contestar.