—Sí; contemporizar —repuso al fin—, establecer un equilibrio perfecto dando la mano a unos y a otros; pero no a los infames, no a los asesinos.

—Estamos juzgando un suceso que no ha pasado todavía ni pasará probablemente —dijo Pelayo—. ¿A qué hablar de asesinos? Yo defiendo y defenderé siempre al pueblo. Si alguna vez asesina, hácelo con el puñal que le entregan los de arriba.

—Sea de oro, sea de hierro, lo que importa es que no haya puñal —objetó el retórico—. En una palabra, señores, estamos reunidos para acordar si se debe impulsar al gobierno a tomar una medida enérgica.

—¡Una provocación!... Yo opino como el ministro —manifestó Pelayo—. El pueblo es bueno, es generoso; pero no debe ser provocado.

—Pues preparémonos a que sea nuestro dueño —dijo el que había demostrado más seso—. Señores —añadió levantándose—, mi compañero y yo nos retiramos para no volver más aquí.

El viejo economista tiró al retórico de los faldones de su levita, diciéndole con buen humor:

—Señor cartista, no nos deje usted tan despiadadamente. Somos amigos y zanjaremos nuestras diferencias de familia. Discutamos.

—Me parece que se ha discutido bastante. ¿No ha llegado aún la ocasión de hacer algo?

Aquel hombre que tan bien se expresaba, demostrando tener en su espíritu el instinto de la eficacia política, era de voluntad flaca, como los demás. La sensatez de sus ideas hallábase circunscrita a la serena esfera de las aptitudes literarias, y al expresarse con tanta cordura, hablaba su talento, no esa facultad prodigiosa en que se confunden perspicacia y acción, conformando al hombre político. La misma perplejidad que tanto combatía le contaminó cuando fue ministro. Amaba la Carta, pero cuando pudo ocuparse de ella con éxito, pensaba demasiado en la de Horacio a los Pisones.

—Todo puede arreglarse —dijo Pelayo—. Por sí o por no, y aunque hay en esto mucho de ponderación, creo que se debe quitar la guardia de milicianos que está en la cárcel de la Corona, y reemplazarla con tropa de línea.