—Eso me parece una necesidad imperiosa —añadió Campos, atreviéndose, contra su costumbre, a algo más que callar y tomar lo que le dieran.

—Al menos eso probaría cierta prudencia en el gobierno —dijo el de la Carta deteniéndose, mas sin volver a sentarse.

—No; la verdadera prudencia —objetó Valdemoro— consiste en no poner ni quitar ninguna guardia, porque eso sería origen de sospechas, hablillas, escándalos y seguramente de disturbios graves.

—Adiós, señores —dijo el simpático y cortés joven de treinta y tres años.

—Mudar la guardia me parece una provocación —repitió el ministro consultando fríamente el rostro de los tres que a su lado quedaban.

Ninguno dijo nada.

—Si se hace con maña y habilidad —dijo Pelayo—, quizás no.

—Señores —manifestó el ministro con la inquietud propia del que se ve abrumado de responsabilidad—. Es muy fácil resolver todas esas cuestiones fuera del gobierno, y cuando uno se mete tranquilamente en su casa sin dar cuenta a Dios ni al diablo de lo que hace. Ustedes hablan, como los libros, un lenguaje discreto; pero la práctica, señores, la práctica es cosa muy distinta. ¡Mudar una guardia! Parece la cosa más sencilla del mundo dicho así, como si se tratara de mudarse una camisa; pero los que estamos dentro del gobierno vemos las cosas de su tamaño. Repito que mudar mañana la guardia es pegar fuego a una hoguera. El gobierno trabajará; el gobierno tiene alguna influencia en las clases populares; aún puede contar con algunos comuneros que le sirven... No pasará nada; respondo de que no pasará nada.

—Mi compañero y yo —dijo el retórico, dispuesto a retirarse definitivamente— apreciamos la buena voluntad del gobierno; creemos que sus intenciones no pueden ser mejores; pero no podemos seguir asintiendo, en esta junta secreta, a los actos de debilidad y a la indeterminación que caracteriza a la política presente. En las Cortes evitaremos todo lo posible la escisión; pero nuestra conciencia nos impide continuar aquí. Está probado que la Sociedad a que hemos pertenecido estorba toda política formal, y es un aliciente para las ambiciones, para los disturbios populares, y aun para las sediciones del ejército. Hace tiempo que deseamos la ruptura; hoy se nos presenta una ocasión y la aprovechamos. Gobiernen ustedes en armonía misteriosa con los manejos de la corte, porque las dos políticas contrarias que bajo tierra y en la oscuridad funcionan luchando, concuerdan en una cosa: en hacer polvo y ruinas la grandeza y poderío del reino. Inspiren ustedes al gobierno y a las Cortes, dominándoles por medio de la amenazadora extensión de estas sociedades, y haciéndose pagar su protección con los destinos, las fajas, las mitras, las cruces que aquí se reparten. Yo renuncio a los beneficios y a la responsabilidad de esta labor oscura y funesta. Adiós, amigos míos; la diferencia de opiniones no entibia la amistad de toda la vida, la amistad de Cádiz en los días de gloria, la amistad del Peñón de la Gomera en los días terribles. ¡Quiera Dios que no volvamos a abrazarnos en los presidios de África!

Dicho esto se retiraron. ¡Ay! Desgraciadamente para España, en aquellos hombres no había más que talento y honradez, el talento de pensar discretamente y la honradez que consiste en no engañar a nadie. Faltábales esa inspiración vigorosa de la voluntad, que es la potente fuerza creadora de los grandes actos. Los que salían, a pesar de su sensato hablar, era tan niños como los que se quedaban en el Grande Oriente. Entre todos juntos, o fundiéndolos a todos, a pesar de la aptitud versificante y poética de algunos, no se habría podido obtener el brazo izquierdo de un Bonaparte, ni de un Cisneros, ni un Washington, ni siquiera de un Cromwell o un Robespierre. ¡Extraña ineptitud ocasionada por la servidumbre! En la uña del dedo meñique de una mujer, Isabel la Católica, había más energía política, más potencia gobernante que en todos los poetas, economistas, oradores, periodistas, abogados y retóricos españoles del siglo XIX.