—Tengo el corazón oprimido, amigo Salvador. Ya sabe usted que el pueblo está furioso... y con razón, con muchísima razón. El gobierno se empeña en perdonar a Vinuesa, regalándole más tarde una mitra, y el pueblo, que después de todo es soberano, se empeña en que Tamajón debe ser ahorcado. ¿Qué tal? Aquí tiene usted dos reyes que se desafían sobre el cuerpo de un pobre sacerdote.

—No creo posible que esos hombres feroces consigan su objeto... Tal ignominia no pasará en España. Lo espero así para honor de esta nación.

—¡Oh!, no conoce usted los arranques del pueblo español. La resolución de los Comuneros, nuestros amigos, es definitiva. Ya he tratado de contenerles, porque no me gusta el derramamiento de sangre; pero me ha sido imposible. Intentarán hacer justicia.

—Pero no lo conseguirán. El gobierno es malo; pero está compuesto de hombres honrados.

—El gobierno se cruzará de brazos, amigo mío —dijo Regato poniendo gran interés en aquel diálogo—. He visto a Campos al amanecer y me ha dicho que el Grande Oriente reprueba la justiciada del pueblo, pero que no hace nada.

—Dicen que se quitará la guardia de milicianos.

—Error; no se quitará guardia ninguna. El gobierno arde en sentimientos humanitarios; pero no quiere hacer frente al oleaje popular, por temor de ser arrastrado. Teme que se le acuse de servil; teme las murmuraciones, y se ruboriza si le dicen que protege al absolutismo.

El asombro no dejó hablar a Monsalud durante breve rato.

—Eso no puede ser —exclamó al fin pálido de ira—. ¡Tal infamia no cabe en corazones españoles!

—El gobierno no hará nada. Quizás algunos de sus individuos se aprestarían a la resistencia si supieran lo que va a pasar; pero no lo saben. Los masones se lavan las manos como Pilatos; han cogido miedo a la Comunería. En verdad que somos temibles.