—Lo que usted me cuenta, señor Regato —dijo Salvador levantándose con inquietud—, parece una pesadilla horrible. Según usted, es muy posible que esa canalla abominable trate hoy de invadir este edificio, sin que el gobierno se lo impida.
—¡Es verdaderamente espantoso! —declaró Regato afectando sensibilidad—; pero me parece que podrá evitarse una desgracia... Compadezco con toda mi alma a ese pobre don Matías. ¿Verdad que es una lástima que le maten así, tan brutalmente?
—No; no puede ser. Esto se quedará en amenaza ridícula.
—Que no es amenaza ridícula, digo... —afirmó Regato acercando más su asiento al de Monsalud y pasándole la mano por el hombro—. Mire usted; a mí se me ha ocurrido que podríamos salvar al pobre arcediano.
—¿Cómo?... —preguntó vivamente Monsalud con el interés que le inspiraban siempre las buenas obras.
—Le asombrará a usted que me inspire lástima ese desgraciado. Yo soy así: más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy; pero bien está la sangre en las venas donde Dios la ha puesto, ¿eh?
Monsalud, recordando lo que había oído a Campos respecto al sospechoso liberalismo de Regato y algunas noticias que él mismo había adquirido, se explicó fácilmente la compasión del comunero.
—Yo no soy amigo suyo, ni lo fui nunca —prosiguió D. José Manuel recogiéndose dentro de su reserva como el caracol en su casa—. Los demonios le lleven. Lo que quiero decir es que pudiéndose evitar la muerte de un semejante, debe evitarse.
—Parece difícil y, sin embargo, es sencillo. Cálmese el furor de la canalla; póngase una buena guardia en el edificio, y todo está concluido.
—Ninguna de esas dos cosas puede hacerse.