—¿Cómo? —preguntó Salvador deseando saber hasta dónde iba el diabólico entendimiento del agente secreto de Su Majestad.
—Aprovechando la borrachera que tomará hoy al mediodía, según su santa costumbre, el señor Alcaide...
—¿Para poner en libertad a Vinuesa?
—Eso no puede ser, porque los milicianos no lo permitirían. Soy listo y comprendo que si fuera posible este modo de escapar, ya lo habría usted intentado en favor de Gil.
—Seguramente.
—Lo que yo quiero es que mude usted a Vinuesa de calabozo.
—Le buscarán.
—No le buscarán, si se pone otro en su lugar.
—Eso es entregar un hombre a los asesinos.
Regato no supo qué contestar. Estaba impaciente y nervioso, y agitábase en su silla, tomando diferentes posiciones a cada minuto.