—También es verdad.
—Como que fue usted conmigo a los comuneros solo con el fin de hacerse amigo entre la gente exaltada.
—También es cierto. Ese conocimiento tan hábil de mi conducta y de mis intenciones me mueve a declarar que poseo, del mismo modo, parte de los secretos de una persona a quien yo conozco.
—Con tal que no se refiera usted a las infames calumnias que dicen contra mí los masones...
—Yo no me refiero a calumnias. Usted ha desempeñado su misión incitando al pueblo a lanzarse en una vía de atrocidades sangrientas.
—Calumnia.
—Usted cumple también su misión, procurando que después del atentado quede vivo el arcediano; y con tal que el pueblo consume su bestial proyecto y tenga una víctima... poco le importa lo demás.
—Yo no quiero que haya víctimas —dijo Regato comprendiendo que era mejor hablar con franqueza—. Lo que quiero es que Vinuesa no corra peligro, y que si ha de haber sacrificio recaiga en la cabeza de alguno de tantos pillos como llenan esta cárcel y la de Villa. Contaba con eso y cuento todavía.
—¿Y qué papel debo yo desempeñar en esto? —preguntó Monsalud con cierta perplejidad—. Porque usted me habla en el tono del que solicita ayuda.
—Exactamente. El alcaide de la cárcel es hombre con quien no se puede contar. Usted, que ha venido aquí por una intriga; usted, que ha venido aquí con el exclusivo objeto de salvar a un hombre, es quien puede hacer esta buena obra.