—Son onzas de oro —dijo Regato con naturalidad—. Ya sé que usted me dirá mil lindezas y pedanterías. No parece sino que es un crimen aceptar obsequios en pago de un servicio leal. Bueno, señor mío, usted se lo pierde. Viva usted de sus rentas, viva de sus fincas, ya que donosamente rechaza lo que le cae...

Levantose, y dando varios pasos en diferente sentido, se detuvo ante Monsalud, le puso la mano en la cabeza y se la movió con gesto entre cariñoso y amonestador.

—Y si no —añadió—, no hay nada de lo dicho. Por eso no hemos de reñir. Cada uno tiene su conciencia como se la hizo Dios. Hay escrúpulos respetables. Yo no censuro que haya personas así... tan atiesadas. Lo que siento es que se va usted a ver en un mal paso, caballerito. Si yo le he propuesto lo que sabe, es por encargo de varios amigos, y ellos no son como yo, mansos y pacíficos y que con todo se conforman, sino muy fieros y vengativos. Capaces son de darle un disgusto a mi señor don Rígido... ¿Qué cree usted? —prosiguió poniéndosele delante y clavando en él sus ojos, cuya pupila brillaba con dorados y verdes reflejos—. Anoche ya estaban mis amigos muy incomodados con usted: llamábanle traidor por haber aceptado un destino de esa canalla masónica.

Monsalud seguía meditando.

—Y en rigor... —añadió el agente de Su Majestad—, la conducta de usted es algo sospechosa. Anoche tuve que platicar mucho para defenderle a usted... «Es un traidor», decían. «Pues si no nos sirve en su destino de carcelero, haciendo lo que le mandemos, lo pasará mal...» En fin, como son unos bárbaros, no es de extrañar que digan barbaridades. Yo me miraría muy bien antes de enemistarme con ellos.

El otro seguía meditando.

—Yo se lo digo a usted con franqueza —continuó Regato animándose ante la perplejidad del joven—, porque somos amigos, porque tengo particulares simpatías con usted, conociendo como conozco sus méritos, su buen corazón y mucho entendimiento. Tenga, pues, muy presente mi advertencia, pero muy presente. Si se resiste a ayudarme, no salga usted solo por las noches, ni vuelva a poner los pies en la asamblea ni en sitio alguno donde nos reunamos. Además, los antecedentes políticos del caballerito no son tales que pueda estar tranquilo, si alguien se propone hacerle daño.

—No creo tener enemigos —dijo casi maquinalmente Salvador.

—Téngalos o no, usted es un hombre que no ha dejado de cometer errores en su vida.

Salvador le miró con tristeza.