—Y entre ellos se cuenta —continuó Regato— el haber tenido relaciones con Amézaga, el poseedor de los secretos del rey en Valencey.
—¡Yo!... —dijo Monsalud lleno de estupor.
—No me lo negará usted a mí. Amézaga, que se cortó el pescuezo con una navaja de afeitar, antes que pudiera retorcérselo el verdugo, concluyó como debía concluir. Usted, que le ayudó en la publicidad de los célebres secretos, no fue objeto de persecuciones ni aun de sospechas, porque supo esconderse; pero ¡ay, insigne joven!, usted no podrá librarse de una causa el día en que cualquier mal intencionado quiera hacerle daño... Usted tuvo correspondencia con Amézaga...
La cara atónita de Monsalud estaba diciendo: «Es verdad.»
—Amézaga le escribió a usted varias cartas que le comprometen, pero de una manera... La causa está abierta. Ya sabemos que este es uno de los asuntos en que Su Majestad no perdona. Se trata de sus chicoleos en Valencey, de sus diabluras con los Bonapartes... en fin, ello es grave, y no hay gobierno, por patriotero que sea, que no apoye a nuestro rey.
—Eso es historia antigua —dijo Salvador con desdén.
—Antigua, sí: yo no he visto las cartas de Amézaga dándole instrucciones a usted y a otros conspiradores para publicar las aventurillas de Su Majestad; pero el amigo mío que las posee, me ha dicho que son terribles. Con la mitad de aquello se sube al cadalso en todos tiempos.
Salvador sentía viva agitación.
—El año 19, usted conspiraba; usted se vio obligado a esconderse hoy aquí, mañana allí, para burlar a la policía. En una de estas mudanzas un amigo mío se apoderó de un paquete de cartas que tenía mi señor don Salvador en la gaveta de su mesa. Según me ha dicho, las había políticas, amorosas, familiares, de todas clases.
—Es verdad que perdí unas cartas; ¿pero qué...?