—Que el poseedor de ellas las guarda como oro en paño. Ni siquiera a mí me las ha querido mostrar. ¿Sabe usted quién es? Alonso Sánchez, que fue de la policía, y ahora está cesante, y como cesante, desesperado. Posee una admirable colección de papeles curiosos... Es amigo mío, muy amigo mío.

Monsalud no contestó. Regato, al decir lo que antecede, apretó el brazo contra su cuerpo, complaciéndose en sentir bajo el uniforme el contacto de un objeto semejante en tamaño y dureza a un paquete de papeles. Había mentido como un bellaco. Las cartas firmadas por Amézaga y dirigidas a Monsalud en julio del 14 las tenía él, juntamente con otras de dudoso valor político, por ser esquelas de amores o de familia. Habíalas recibido del agente de policía, y las guardaba, como otros muchos tesoros epistolares, esperando que llegase la ocasión de utilizarlas. El astuto intrigante daba gran importancia a todo papel que en su mano por cualquier evento caía, y los tenía clasificados por autores con una escrupulosidad cariñosa, semejante al celo de los anticuarios y bibliófilos.

Aquella mañana, antes de dirigirse a la cárcel de la Corona, abrió una arqueta que encerraba numerosos legajos, parecidos a expedientes, y después de recorrerlos brevemente con la vista, sacó uno que decía: Amézaga, Salvador Monsalud. Guardolo en un profundo bolsillo interior con que había dotado a su casaca de miliciano, para que el uniforme, según decía festivamente, no fuera prenda inútil.

—Señor Regato —dijo Monsalud—, todo eso de los papeles de Amézaga me tiene sin cuidado en lo referente a lo que usted me propone hoy. Pero me gustaría recobrarlos, ¿por qué he de decir otra cosa?

«¡Bribón! —dijo Regato para sí, oprimiendo dulcemente el bulto de papel—. Como no cedas ni a las onzas ni a las amenazas, te venceré con esto.»

XXV

Ninguna importancia dio Monsalud a tal incidente. Fijábase ante todo en la amenaza de concitar contra él el odio de los Pelumbres y comparsa. Esto le pareció un verdadero percance, por ser Regato omnipotente en tal especie de guerra. Considerando la maldad de aquel hombre, vio un peligro real y cercano, y comprendió que no eran palabras vanas las referentes a la brutalidad vengativa de los amigos del agente de Su Majestad. Su mente se llenó de las ideas evocadas por el peligro, y pensó en los medios de librarse del que con una mano ofrecía oro y con otra porrazos.

«Este tunante —pensó Monsalud— no me perdonará. No soy quien soy, si dejo a este reptil en disposición de morderme.»

Cuando esta idea cruzó por su mente, tuvo otra felicísima: seguir aparentando perplejidad para que Regato le creyese inclinado a una inteligencia.

«Mucho lo piensa —dijo para sí don José Manuel—. Su indecisión es buena señal. No se enfurece, no grita, no dice una palabra de su honor. Sacaré el dinero para que viéndole... pues...»