—Déjeme usted pensar un rato lo que debo hacer —indicó Monsalud.

Conservando una seriedad ficticia, Regato empezó a contar dinero sobre la mesa.

—No se trata de ningún desafuero —dijo—, sino de un servicio. Mi objeto solo es que Vinuesa no muera, y que la irritación del pueblo pase sobre él como pasan las olas por encima de una roca sin conmoverla. Si el pueblo registra demasiado los calabozos y quiere hacer alguna atrocidad en cabeza absolutista, lo más acertado me parece sacar a Vinuesa de su encierro, esconderle en las buhardillas... y nada más. El Alcaide es un borracho y un fanático. No me atrevo a hablarle, porque estamos reñidos desde hace tiempo. Ni él me traga a mí ni yo a él, ¿entiende usted? Va para un año que no pongo los pies en esta casa y a nadie conozco en ella. Pero usted puede hacerlo todo. Los milicianos que están de guardia no es fácil que se enteren.

—¡Oh!, sí, es muy fácil —dijo Monsalud.

«Pide mucho —pensó Regato—, habrá que hacer un sacrificio mayor.»

«¡Ah!, tunante —pensó Monsalud mirándole fijamente, pero sin dejar conocer su idea—: tú has creído jugar conmigo, y yo, aunque no soy agente de Su Majestad, ni dispongo de fuerza alguna, ni de grandes caudales, te voy a sentar la mano de tal modo que has de acordarte de mí toda tu vida.»

La sonrisa del triunfo presente o anunciado por el corazón, alteró el semblante pálido y serio de Salvador; pero Regato, sin advertir nada, continuaba manoseando las peluconas.

«Te juro, miserable —prosiguió Monsalud, pensándolo—, que el lazo que voy a armarte y en el cual vas a caer como un pajarillo inocente, se deja atrás a tus diabólicos ardides. Cuenta, cuenta dinerito.»

—¿Lo ha pensado usted? —preguntó Regato.

—Hombre, sí que lo he pensado... ¡Qué demonios! Este es un país donde las personas honradas no pueden conservar su honradez. No hay medio de vivir: todo cuesta un ojo de la cara.