«Tiene apuros... —pensó Regato—. Cayó. La historia de siempre.»
—Por el momento —dijo Salvador—, guarde usted ese dinero. Puede pasar alguien, oír su sonido seductor, y entonces... las sospechas...
—Está bien, muy bien —manifestó el comunero miliciano encerrando las onzas en el cinto.
—Y ahora discurramos lo que se ha de hacer.
—Es muy sencillo: sacarle del calabozo sin que lo vea nadie, y subirle a las buhardillas. Salga usted a ver si ya el señor Alcaide está durmiendo la mona. A los demás empleados de la cárcel se les puede dar algo... Eso a juicio de usted.
Monsalud empezó a dar pasos por la habitación. El plan que rápidamente había concebido para dar una severa lección y un castigo muy duro al agente, presentósele muy difícil de realizar.
«Atarle aquí, ponerle una mordaza y subirle a las buhardillas —pensó— es muy aventurado. Gritará... Da la maldita casualidad de que no hay un solo calabozo vacío. ¿Pero no habrá algún calabozo vacío?... El 17 se ocupó ayer... el 14 no se desocupará hasta mañana.»
Siguió meditando.
—No debemos perder tiempo —dijo súbitamente Regato—. Entremos ambos en el encierro de Vinuesa. Son las tres y media. El Alcaide duerme la siesta. Hable usted con los calaboceros que puedan estorbar. Los milicianos están en el cuerpo de guardia, y si hay algunos en el patio, les convidaremos a café. Mande usted traer copas y café, diciéndoles que es hoy su cumpleaños.
Monsalud se echó a reír.