«No está mal cumpleaños el que a ti te espera», pensó.

Ya tenía un nuevo plan.

—Espéreme usted aquí —dijo—. Voy a dar una vuelta por la cárcel. Veré si duerme el Alcaide; diré dos palabras a los calaboceros, aunque se me figura que no serán necesarias tantas precauciones. La prisión de Vinuesa está bajo la escalera, y no será preciso pasarle por el patio, ¿entiende usted?

—Entiendo... ¡Oh, las cosas se presentan bien! —dijo Regato—. En fin, vaya usted... No olvidarse de las copas. Con los milicianos no se puede contar sino engañándoles, lo cual es facilísimo. Dígales usted que se han recibido noticias de que viene Riego con su ejército, con veinte ejércitos como los de Jerjes a conquistar a Madrid. Yo no bajo, porque se me pegarían, no me dejarían respirar.

Monsalud salió de la pieza, recorrió la cárcel, habló brevemente con el Alcaide, que en aquel momento se disponía a dormir la siesta. Este, recomendándole mucha vigilancia, le dijo:

—Me parece que no tendremos la jarana que se anunció. Alarmas, invenciones de los desocupados. No se ha visto hasta ahora un solo grupo sospechoso en toda la calle, y me parece que tendremos un día tranquilo. Además, la Milicia no toleraría ningún desmán. Está decidida a que nadie traspase el umbral de la cárcel.

Pasado algún tiempo desde que el Alcaide se encerró en su cuarto, convidó Salvador a los milicianos, siguiendo las advertencias de su sobornador, y dio luego varias órdenes a los dos calaboceros que estaban a la sazón en la casa, enviándoles a puntos de donde no pudiesen volver antes de un cuarto de hora. Con estas ligeras precauciones había seguridad completa, como ahora mismo se verá.

Bajo la escalera de la cárcel, en el oscuro hueco que formaba el primer tramo, había una puertecilla poco visible. Era la puerta del calabozo en que estaba Gil de la Cuadra, la única prisión en la cual se podía entrar sin atravesar el patio y las crujías bajas del edificio. Monsalud tomó un pedazo de tiza y en la puertecilla dibujó groseramente una horca con su correspondiente ahorcado, cuidando de poner debajo: Tamajón. En seguida subió: de un cuarto oscuro destinado a trastos sacó dos objetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndose al punto en busca de Regato. Momentos después ambos se aproximaban a la puerta del calabozo.

—¿Conque aquí está ese desgraciado? —dijo el agente de Su Majestad—.

—Sí, ya veo la célebre horca y los letreros.