El calabozo retumbaba con las imprecaciones. Viose en el aire un círculo rápido, espantoso, trazado por un pedazo de hierro adherido al extremo de un palo, que blandían manos vigorosas. El martillo describió primero un círculo en vano, después otro... y la cabeza del infeliz reo recibió el mortal golpe. Siguiole otro no menos fuerte, y después diez navajas se cebaron en el cuerpo palpitante.
Lavaban los asesinos el martillo en la fuente de la calle de Relatores, cuando el gobierno resolvió desplegar la mayor energía. ¡Qué sería de esta nación si la Providencia no le deparase en ocasiones críticas el tulelar beneficio de un gobierno! La noticia del crimen corrió por Madrid, y la Villa, que es y ha sido siempre una villa honrada, se estremeció de espanto y piedad. El gobierno se estremecía también, y declaraba con patriótico celo que no descansaría hasta castigar a los culpables. Para que nadie tuviera duda de su gran entendimiento y perspicacia política, mandó que inmediatamente se pusiera fuerza del Ejército en el edificio, y por si alguien tenía dudas todavía de su diligente y paternal actividad, ordenó que al instante y sin pérdida de momento, se instruyesen las oportunas diligencias. Quejarse de un gobierno así es quejarse de vicio.
XXVII
Cuando Gil de la Cuadra y Regato se quedaron solos, siguieron oyendo aquel rumor de voces que resonaba en el patio de la cárcel. Durante más de un cuarto de hora el estrépito fue grande. Gil de la Cuadra, comprendiendo que el populacho había invadido el edificio, se puso de rodillas y, cruzando las manos, rezó en voz alta.
El otro desgraciado se hinchaba y gruñía. De su rostro congestionado afluía copioso sudor. Trataba de romper sus ligaduras y de escupir su mordaza; pero unas y otra habían sido puestas por buena mano. Por último, tras repetidos esfuerzos, de su boca pudo salir una voz, más que voz, silbido, que decía:
—¡Piedad, piedad!
Gil de la Cuadra se acercó a él y limpiole el sudor de la frente. Las miradas de Regato eran tan expresivas pidiendo compasión; las contracciones de su cara tan violentas, que el primer preso no pudo resistir el estímulo de sus sentimientos compasivos, y le quitó la mordaza.
—¡Ah... gracias, gracias! —exclamó el agente de Su Majestad aspirando con delicia el aire fétido de la prisión—. Aire, aire... me ahogo aquí.
—Pero con esto concluyen mis complacencias —dijo Cuadra—. No le quitaré a usted la cuerda, eso no.
—Toque usted mi cintura —murmuró Regato—. ¿Qué suena en ese cinto? Dinero. Todo eso por la libertad... pero suélteme usted.