—No puedo.
—¡Y el populacho ha entrado en la cárcel! ¿Ha sentido usted, señor Gil?
—Sí; me pareció que entraba en el patio una ola del mar... Ahora parece que ha cesado el rumor. Se alejan.
—Se alejan, sí. Pero aún se sienten voces. Ese malvado volverá a entrar aquí... ¡Favor, pueblo!... ¡Pueblo mío, favor!
Los gritos de Regato no traspasaban los muros de la prisión.
—Señor Gil —gritó con acento de desesperación—: saque usted mi espada y máteme. Un hombre de mi temple no puede soportar este suplicio.
—Calma, calma, señor don José Manuel —dijo Cuadra poniendo la mano sobre la cabeza del agente—. Yo suplicaré a mi amigo que no le haga a usted daño alguno... Pero, tarda, tarda.
—¡Su amigo! ¿Pues no tiene la vileza de llamarle su amigo? —dijo Regato poniéndose tan encendido como cuando tenía la mordaza.
—Mi amigo, mi protector, mi salvador..., pues si él no existiera, ¿qué sería de mí?... Pero tarda, ¿no es verdad que tarda?
—¡Estúpido viejo! —gritó Regato fuera de sí—, ten vergüenza, y córtate la mano antes que estrechar con ella la de ese hombre...