—¡Yo!... En mi corazón no existe ya ni puede existir el odio. Y si existiera, para ese hombre no tendría sino amor, una admiración respetuosa, un afecto paternal.
—Es verdad que hay cariños muy singulares —dijo Regato sonriendo con infernal malicia—. Yo conocí a un sujeto que sacaba a paseo, llevándole a cuestas, al cortejo de su mujer.
Gil de la Cuadra creyó que Regato sufría enajenación mental. Compasivo se acercó a él.
—Vendrá pronto —le dijo—. Yo intercederé por usted... pero tarda, ¿no es verdad que tarda? Ahora apenas se oye ruido.
—Intercederá usted —añadió Regato con afán de perversidad—. Y si él le pide algo en cambio, le dará usted su mujer... no, porque murió; pero aún tiene usted una hija. Sin embargo, como él la tiene en su casa, se habrá cobrado por adelantado.
—Señor Regato —dijo Cuadra con severidad—, el lenguaje de usted es propio de un loco.
—¡Imbécil, imbécil! El de usted es propio de un ciego... ¡Pobre doña Pepita! Era una excelente señora, y tan guapa... Seguramente, si no hubiera dado con un esposo tan crédulo como usted...
—Señor Regato —ordenó Cuadra con enojo—, le digo a usted que se calle.
—No digo más sino que aquella señora era una buena pieza.
—La desastrosa situación de usted me impide contestar a esa insolencia como se merece.