—¿De veras cree usted que la hermosa dama era un modelo de virtudes?

—Sí, canalla: sí lo creo —gritó trémulo de ira Gil de la Cuadra, buscando con vacilante mano la espada.

—Pues mis noticias son que pecó varias veces. Dígalo Salvador Monsalud que fue su cortejo... ¡Oh, Dios mío! Estoy preso, estoy atado... Pero en mi horrible situación me das armas; me das este veneno que escupo y con el cual mato.

—¡Miserable!...

Gil de la Cuadra corrió hacia él y le oprimió el cuello.

—Ahógame, necio —gruñó Regato—, ahógame. Mi último suspiro será para echarte en cara tu vilipendio. Ese hombre, ese amigo mío...

—¡Qué dices!...

—Te burló, te burló. En Francia, todos los españoles lo sabían menos tú...

Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó como un relámpago por su cerebro; una idea confusamente mezclada con recuerdos, palabras, coincidencias, detalles.

—El majadero no lo cree —dijo Regato, ya libre de las manos que le apretaban el cuello—. Voy a darle pruebas para que calle.