Quiso andar, quiso huir; pero le faltaban las fuerzas. Monsalud le sostenía, y así llegaron hasta la plazuela de Lavapiés, donde aguardaba un coche. Cargando de nuevo al anciano, Salvador lo entró en él. Solita le recibió en sus brazos.
—Entra tú también, hermano.
Gil de la Cuadra había perdido el conocimiento; pero seguía diciendo:
—¡Maldito, maldito...!
—Yo no —repuso Salvador—. Adiós, hermana. Ya sabes dónde has de ir.
—Pero tú...
—Te digo que no; adiós. Jamás volveremos a vernos... Adiós.
Cuando el coche partió hacia las afueras de Madrid, Monsalud dirigiose hacia el interior de la villa. Más de una vez se detuvo ante cualquier esquina en la actitud desesperada de un hombre que ha decidido estrellarse la cabeza contra las paredes. Andaba sin dirección fija y pasaba de una calle a otra. En una de las vueltas estuvo a punto de ser atropellado por una carroza que entraba en el ancho pórtico de histórico palacio. Era la carroza del marqués de Falfán de los Godos, y conducía a los que ya eran marido y mujer. En la frente de esta no se había secado aún el agua bendita que tomó al salir de la parroquia.
Madrid, junio de 1876.
FIN DE «EL GRANDE ORIENTE»