—¡Mi hija, mi pobre Sola! —exclamó el anciano cubriendo con ambas manos su rostro.
Este recuerdo y las ideas que evocó, produjeron conmoción profunda en su ánimo. De súbito el instinto de libertad surgió poderoso en su alma. Corriendo hacia la puerta, salió. Monsalud fue tras él.
—Déjame, no me toques... ¡Te desprecio, te aborrezco, me causas horror!
Salvador se detuvo. Su conciencia había dado un grito espantoso.
—No me has salvado, no me has salvado, no; es mentira —añadió Gil de la Cuadra—. Tuya no puede ser esta buena acción. Déjame, déjame. No quiero verte más.
Hallábanse en el patio de la cárcel. Era el momento en que los soldados enviados por el gobierno ocupaban el edificio, arrojando de allí a los milicianos.
Gil de la Cuadra, huyendo de Monsalud que corría tras él, cayó al suelo. Acercose un soldado, y golpeando con el pie a Gil de la Cuadra, dijo:
—Un miliciano borracho. A la calle pronto.
El anciano no podía moverse. Monsalud, tomándolo en brazos, le sacó fuera de la cárcel.
—¡Déjame, déjame, maldito!