—Vamos fuera —repitió Monsalud—. Llegó el momento... ¡Libertad!...

—De ti, de tu mano —exclamó Gil de la Cuadra con profunda ira—, no la quiero.

Salvador, estupefacto y espantado, no supo qué decir.

—Vamos...

—No quiero.

—Salgamos.

—¡Contigo, jamás!

—¿Qué dice usted?... ¡Amigo..., por favor!

—Miserable, apártate de mí —gritó Cuadra dirigiendo a su libertador una mirada de profundo desprecio—. Me manchas, me ofendes, me repugnas.

—¡Qué locura! Vamos pronto —dijo Salvador tomándole por un brazo—. Piense usted en su hija, que espera.