—¡Mi hija!
Un instante después Gil de la Cuadra estaba sentado en el suelo, los ojos fijos, el cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, atónito, lelo...
Abriose la puerta. Monsalud entró.
XXVIII
—Vamos, señor Gil —dijo—. Vamos al punto.
Nadie contestó. Monsalud aguardó un instante. Traía una luz.
—¡Ah! —exclamó viendo que Regato continuaba en su sitio—. ¡Tunante! Pasarás aquí la noche, hasta que haya un alma compasiva que te saque. Han asesinado a Vinuesa. Dicen que habrá esta noche nueva visita a los calabozos.
Regato no contestó nada. Salvador se dirigió a Gil de la Cuadra.
—Vamos —le dijo—. ¿Por qué se arroja usted al suelo en el momento de salir?
Extendió el brazo para alzarle; pero el anciano, rechazándolo con fuerza, se levantó solo.