—Una lista con varios nombres.

—Adelante... ¿Y ahora?

—Una...

Gil de la Cuadra calló de improviso. El corazón saltole en el pecho. Quedose frío, mudo, atónito, lleno de espanto, como el que se ve en el borde del abismo y comprende con veloz juicio que no hay más remedio que caer.

—¡Ah! —dijo Regato—. El imbécil ha puesto al fin la mano sobre el delito de su esposa. Es tan bruto que necesita tocarlo para comprenderlo.

Gil de la Cuadra seguía leyendo.

—¿Qué dice la carta? —añadió el agente—. Tras esa vienen otras muchas. Yo he pasado buenos ratos leyéndolas. ¡Cómo palpita en ellas la pasión! ¡Qué ardor, qué ternura! Y los dos amantes disimulaban bien... ¡Cuántas precauciones para engañar al bobillo! Se encuentran en esas cartas traiciones inauditas, alevosías de él y de ella. La señora parecía más apasionada que... nuestro amigo.

Gil de la Cuadra seguía leyendo. De repente se desplomó. Un ay de dolor, exclamación aguda y penetrante, parecida a las que exhalan los que sufren repentina muerte, salió de sus labios. Cayó al suelo. Su mano estrujaba un papel.

—El incrédulo parece convencido... ¡Menguado viejo, ahí tienes a tu Providencia, ahí tienes a tu Salvador, ahí tienes a tu amigo querido!... ¡Le has entregado a tu hija!

Cuando esta última palabra resonó en la prisión, estremeciose el cuerpo del anciano herido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los ojos, diose furibundo golpe en la frente con la palma de la mano, y repitió: